septiembre 12, 2009

JON JUARISTI

Jon Juaristi (Bilbao, 1951) ha publicado los libros de poemas Diario de un poeta recién cansado (Pamiela; Pamplona, 1985), Suma de varia intención (Pamiela; Pamplona, 1987), Arte de marear (Hiperión; Madrid, 1988), Los paisajes domésticos (Renacimiento; Sevilla, 1992), Mediodía (Comares; Granada, 1993), Tiempo desapacible (Comares; Granada, 1996), Poesía reunida, 1986-1999 (Visor; Madrid, 2000), Prosas (en verso) (Hiperión; Madrid, 2002) y Viento sobre las lóbregas colinas (Visor; Madrid, 2008). Entre sus numerosos volúmenes de ensayos, destacan El bucle melancólico (Espasa Calpe; Madrid, 1997), Sacra Némesis (Espasa Hoy, 1999), El bosque originario (Taurus; Madrid, 2000) y El reino del ocaso (Espasa; Madrid, 2004). En 2006 publicó su libro de memorias Cambio de destino (Seix Barral, Barcelona). Es también autor de una novela, La caza salvaje (Planeta; Barcelona, 2007).

Un poema:

TRENOS DE VINOGRADO

III

Pistoleros escuálidos se arrastran por los muros
corroídos, minados por la luna y los líquenes.
Dulce muchacha rubia, mi amor de un tiempo, dime,
ahora que suena un triste clarinete de ausencia,
¿qué recuerda tu carne de mis ritos atroces?
Hay un ácido aroma de trinitarias mustias
en el aire de octubre. La ciudad se desploma.
En silencio paseo por jardines dormidos.
Año sesenta y nueve, y también era otoño.
Maceraba la lluvia los rosales desnudos.
Luz de faroles lívidos perfilaba tus labios.
¿No hay para aquellas horas encantadas clemencia?
Alba de los guerreros: bajo las ramas yertas
yacen cuerpos azules que apacienta la muerte.

JON JUARISTI
Poema incluido en el libro Diario del poeta recién cansado (Pamiela; Pamplona, 1985).
Imagen: elperiodicodearagon.com

septiembre 11, 2009

ÁNGELA VALLVEY


Ángela Vallvey (San Lorenzo de Calatrava, Ciudad Real, 1964), novelista, poeta y cuentista, es autora de los libros Kippel y la mirada eléctrica (1995), Capitales de tiniebla (1997), Vida sentimental de Bugs Bunny (1997), Donde todos somos John Wayne (1997), El tamaño del universo (1998), A la caza del último hombre salvaje (1999), Vías de extinción (2000), Extraños en el paraíso (2001), Los estados carenciales (2002), No lo llames amor (2003), La ciudad del diablo (2005), Todas las muñecas son carnívoras (2006) y Muerte entre poetas (2008).

Un relato:

AMARANTO Y ROSA (AMOR NOBLE)

Ella es alta, rubia, tiene los ojos azules, moteados de manchas negras, como si acabaran de ser bombardeados.
Él la ama.
Ninguno de los dos cree en lo que dura, pero se someten a las pruebas de su amor de manera entregada, poco práctica, noble.
Ella es joven, lleva enferma mucho tiempo. Se hace la ilusión de que aún puede abandonarse al placer de los sentidos. La ilusión es enemiga de la experiencia.
Él la saca a pasear por el campo abarrotado de flores silvestres en su silla de ruedas. Es primavera y todo indica que aún se puede volver a vivir. La observa con una mirada ansiosa al pie de un muro de piedra, al fondo de un sendero de tierra lleno de cantos rodados que han dificultado su marcha hasta aquí.
A lo mejor debería darse a la bebida, piensa él, o matarla antes de verse obligado a contemplar cómo se muere.
Luego vacila.
-Hace un día espléndido –sacude la cabeza, se sienta en la maleza, bajo la sombra que ella y la silla de ruedas proyectan, se seca unas gotas de sudor que le recorren la frente.
-Creo que sí –dice ella. Sabe que morirá dentro de poco. ¿Se acabará el mundo entonces, cuando ella muera? Sí, ése será el fin del mundo, para ella no puede haber otro. Será el fin del amor, de todo lo demás.
Los ojos de él son unos redondeles de mica engastados frágilmente en su piel de muchacho. Están concentrados en el cielo en este momento. “Allí está todo –se dice-, todo debe estar en alguna parte y ése debería ser el sitio adecuado. Aunque no sé… Tal vez, al final, el cielo sea poca cosa. Poca cosa”.
No es ningún santo, ningún héroe, pero le duelen los males de ella. Cuando no esté, cuando tenga que debatirse con su ausencia, el mundo será un reino de nadie carente de objeto, de emociones.
Ella parece un fin inalcanzable. Está quieta, mirando al horizonte, cualquiera diría que está en paz. Cada instante es un suspiro fatigado que sale de su boca.
-¿Quieres algo? ¿Un poco de agua? –hace ademán de levantarse del suelo, en dirección a una cesta de mimbre que ha abandonado a unos metros de donde ellos están y que contiene la merienda, algunas bebidas guardadas entre hielo picado, servilletas de papel.
La mira igual que quien mira a solas un incendio lejano a través de una ventana.
A despecho de toda alegría, añade: “Te amo”.
-No, no tengo sed –responde ella-. Pero puedes besarme.
Él se levanta rápido. El sol caldea sus cuerpos. Llega hasta allí un aroma de helechos húmedos. Cerca del riachuelo hay varios castaños de Indias en flor.
-Te besaré. Te besaré siempre que tú quieras que te bese. Cuando tú quieras –dice él. Sus labios se estremecen al rozar los de ella.
¿Cómo aprovecharse de la enfermedad? ¿En qué orden? ¿O hay que dejarlo todo en sus manos?
Le ha hecho el amor muchas otras veces; con los ojos hinchados por las lágrimas es difícil conseguirlo para cualquiera, no así para él: la aflicción ya no es nueva entre sus manos, logra incluso hacerla gemir de felicidad, a ella, a la aflicción.
Extiende una manta de rayas rosas sobre un fondo amaranto en el suelo, tapando un rodal de hierba fresca. Le suelta el cabello, recogido en una trenza. Su pelo brilla bajo la luz de la mañana, está guardado en esa urna cineraria de oro que es el cosmos, que lo hace resplandecer. La coge en brazos, y la baja de la silla de ruedas, la deposita en el suelo, encima de la manta, le quita los zapatos poniendo mucho cuidado para no rozarle los talones.
Ella tiembla, todo su ser vibra y palpita, como si fuese a salir volando.
-Parezco una inválida. Deja que me divierta un poco –susurra, sonriendo débilmente, sin dejar de temblar, con los ojos trémulos de sombras-. Yo también te amo, lo sabes, ¿a que sí?
Él piensa que el cuerpo de ella es una máquina que seguirá temblando hasta que se le agoten las monedas que alguien debe de haberle echado dentro. Entonces, cuando llegue ese día, él la recogerá, ya inmóvil del todo, la volverá a depositar en otro sitio más frío donde no quepan las migajas de su deseo, estas caricias, su extraño don para tocarla y consolarla. Y luego se quedará mirándola embelesado –su cuerpo, el rescoldo de su amor-, mirándola y sin decir nada, con sus zapatos en la mano.

ÁNGELA VALLVEY
Relato incluido en el libro No lo llames amor (Ediciones Destino; Barcelona, 2004).
Imagen: Revista LA CASA DE LOS MALFENTI

septiembre 10, 2009

JESÚS FERNÁNDEZ PALACIOS

Jesús Fernández Palacios (Cádiz, 1947), director de la revista literaria Campo de Agramonte (Fundación Caballero Bonald) y subdirector de RevistAtlántica (Diputación de Cádiz), ha publicado los libros de versos Poemas anuales (1976), El ámbito del tigre (1978), De un modo cotidiano (1981), Coplas de Israel Sivo (1982), Los poemas de Sakina (1997) y la antología Signos y segmentos (1991 y 2007).

Tres sonetos:

SAKINA

Temprano levantó la muerte el vuelo...
(Miguel Hernández)


I

Mi corazón se llena de la luna
al evocar la noche de tu muerte,
era una luna seductora y fuerte
que el viento desplazó como una duna.

Entró por la ventana y en tu cuna
distribuyó su luz para envolverte,
brillaba con afán de protegerte
ciñendo otro adjetivo a tu fortuna.

Como estabas dormida y agotada
después de tantos lunes de desvelo,
y estabas dulcemente descuidada,

la luna remontó de nuevo el vuelo
dejando tras de sí la madrugada
y una sombra implacable por el suelo.


II


Si acaso comprendiera que la muerte
te arrebató de mí por un castigo,
qué cosa, quién la dice, qué testigo
se apostó su maldad contra mi suerte.

Porque el inmenso daño de no verte
y el anhelo de estar siempre contigo,
me deja en un estado que maldigo:
no puedo oír tu voz ni responderte.

Y lo que grito, pues, lo que te llamo
el viento se lo lleva y tu respuesta
no llega ni te llega que te amo;

por eso me rebelo ante esa apuesta
y parezco un océano cuando bramo,
parezco los cristales de una fiesta.



III


Ahora vengo del mar de contemplarla,
de contemplar su rostro iluminado;
ahora vengo del mar de recordarla,
de entregarle mi aliento enamorado.

Regreso con afán de no olvidarla
y vuelvo con lo puesto y lo quitado;
este ir y venir a rescatarla
me tiene todo el tiempo obsesionado.

Si en el flujo diario lo lograra,
lograra traspasar la línea fría
y en su vida distinta la encontrara,

con cuánto sentimiento exigiría
que ya nada ni nadie separara
su esencia cariñosa de la mía.


JESÚS FERNÁNDEZ PALACIOS
Sonetos incluidos en el libro Los poemas de Sakina (Bilbao, 1997).
Imagen: hipogrifoviolento.blogspot.com

septiembre 09, 2009

SANTI ELSO








Santi Elso (Pamplona, 1965) ha publicado versos en las revistas literarias Río Arga, Luces y Sombras y Constantes vitales.

Un poema:

TU AUSENCIA

Lo terrible de ella
es que está por todas partes.

Se presenta allí dondequiera que voy
y sólo en los sueños se me absuelve de verla.

No tengo una respuesta
a cómo logra dar siempre conmigo,
o por qué invade mi casa,
mi insomnio, tan avariciosamente mis versos.

Esa réplica terca de ti me persigue
con la apariencia que ella te roba,
y hasta con esa indecisa manera que tienes de amarme
y de no amarme al mismo tiempo.

Tú no puedes comprenderlo porque
cuando tú apareces, ella ya se ha marchado.
Y esto es lo terrible del asunto:
que el mundo está lleno
de espacios donde tú no estás,
y de instantes en los que aún no has venido.

SANTI ELSO
Poema incluido en el libro inédito Nadie sabe cómo has llegado hasta aquí.
Imagen cedida por el autor.

septiembre 08, 2009

RAMÓN EDER


Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) ha publicado los poemarios Axaxaxas Mlö (Pamiela; Pamplona, 1985) y Lágrimas de cocodrilo (Hiperión; Madrid, 1988), así como el libro de relatos La mitad es más que el todo (El Paisaje; Bilbao, 1999) y los volúmenes de aforismos Hablando en plata (El Híbrido; Zaragoza, 2001) e Ironías (Editorial Eclipsados; Zaragoza, 2007).
Próximamente la editorial Renacimiento publicará una antología de los aforismos de Ramón Eder.

Quince aforismos:

- Nadie olvida la frase con la que fue expulsado del paraíso.

- Se estaba derrumbando y quería convertir a sus amigos en albañiles.

- Los actos generosos son inteligentes gastos de representación.

- Hay personas tan pedantes que, cuando se callan, se callan en latín.

- Esos idealistas que quieren mejorar el mundo a tiros.

- Las dudas son peldaños que no nos llevan a ningún lugar, pero nos alejan de la estupidez.

- Todavía hay idiotas que creen que la elegancia es un asunto de sastrería.

- La belleza sólo se tiene en usufructo.

- Habría que saber, por lo menos, una excelente poesía de memoria para recordarla en los abismos.

- Sin compasión no hay cordura.

- La gran tentación de los fracasados es la soberbia.

- La honestidad intelectual suele desembocar en el humor.

- Hay que ser un poco canalla para que te quede bien el sombrero.

- La única manera de superar una catástrofe personal es consiguiendo que nos mejore.

- Hoy es nunca más y eso tendríamos que recordarlo siempre.
RAMÓN EDER
Aforismos incluidos en el libro Ironías (Editorial Eclipsados; Zaragoza, 2007).


Imagen: cazadoresdeeclpises.blogspot.com

septiembre 07, 2009

PIEDAD BONNETT


La colombiana Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951) es autora de los poemarios De círculo y ceniza (1989), Nadie en casa (1994), El hilo de los días (1995), Ese animal triste (1996), Todos los amantes son guerreros (1998), la selección No es más que la vida (1998) y Tretas del débil (2008). En España, Hiperión le editó la antología Lo demás es silencio (2003); y Visor, Las herencias (2008). Ha publicado también las piezas teatrales Gato por liebre (1991) y Que muerde el aire afuera (1997), así como las novelas Después de todo (2001) y Para otros es el cielo (2005).

Un poema:

SOLEDADES

Exacto y cotidiano
el cielo se derrama como un oscuro vino,
se agazapa a dormir en los zaguanes,
endurece los patios, los postigos,
enciende las pupilas de los gatos.
En las mezquinas calles minuciosos golpean
los pasos de la frágil solterona
que sabe que no hay luz en la ventana.
En el aire hay olor a col hervida
y detrás de la ropa que aporrea la piedra
un canto de mujer abre la noche.
Es la hora
en que el joven travesti se acomoda los senos
frente al espejo roto de la cómoda,
y una muchacha ensaya otro peinado
y echa esmalte en el hueco de sus medias de seda.
Abre la viuda el closet y llora con urgencia
entre trajes marrón y olor a naftalina,
y un pubis fresco y unos muslos blancos
salen del maletín del agente viajero.
Un alboroto de ollas revuelca la cocina
del restaurante donde un viejo duerme
contra el sucio papel de mariposas,
mientras como una red sin agujeros
nos envuelve la noche por los cuatro costados.

PIEDAD BONNETT
Poema incluido en el libro De círculo y ceniza (1989).


septiembre 06, 2009

ELOY TIZÓN

Eloy Tizón (Madrid, 1964) ha publicado el libro de poemas La página amenazada (Arnao; Madrid, 1984), los volúmenes de relatos Velocidad de los jardines (Anagrama; Barcelona, 1992) y Parpadeos (Anagrama; Barcelona, 2006) y las novelas Seda salvaje (Anagrama; Barcelona, 1995), Labia (Anagrama; Barcelona, 2001) y La voz cantante (Anagrama; Barcelona, 2004).

Un relato:

TEORÍA DEL HUECO

Me gusta hacer agujeros. En la tierra. Pequeños. Estoy solo y hago agujeros. Pequeños hoyos de arena. Me gusta. Nadie me ve. Disfruto haciéndolos. Los hago con mis manos temblorosas. La tierra es blanda. Los hago. Quedan hechos. Ya está. Son agujeros.
No hago muchos agujeros. Cinco o seis al día. Siete como máximo. Los necesarios. No más. Con eso es suficiente. Me cuido. No me complico la vida. A mi edad, una cosa que he aprendido es que no se debe abusar de los placeres.
A veces pienso que debería hacer menos agujeros. No sé. Limitarme a dos o tres. O incluso menos. Puede que con un solo agujero, si consigo hacerlo perfecto, alcanzase. Qué alegría hacer eso, un solo agujero al día, pleno, rotundo, solar, como si bastase un solo círculo para colmar el aire de felicidad.
Hacer agujeros es mi pasión. Hacer agujeros no sirve para nada. Antes buscaba la fama. Ya no. Antes quería escuchar el aplauso de los hombres y la risa halagadora de las mujeres tintineándome en el oído. Ya no. Ahora huyo de la compañía de los demás seres vivos y de esa cosa como agrietada que hay en las ovaciones. En todas las ovaciones. En todas.
Si supiese cómo dejar de hacer agujeros, dejaría de hacerlos. Me retiraría. Pero existe algo más fuerte que uno que se llama vocación. Eso es lo malo. Tener una vocación es tener una obligación moral. De modo que hago agujeros. Si me preguntasen por qué los hago, no sabría qué contestar. Abriría la boca muy abierta y me quedaría callado. Pensativo. La boca es otro agujero. O me encogería de hombros. Hace tiempo que he olvidado cómo era eso de vivir sin agujeros. Llevo tanto tiempo aquí solo y perdido haciendo agujeros día y noche que no me imagino haciendo otra cosa. Ni dedicándome a otro oficio. Tapando agujeros, por ejemplo, no, no, no, ni se me ocurre pensarlo. Qué barbaridad. De ninguna manera. Yo no me veo tapando agujeros. Ni hablar. Es que no me parece lógico. Menuda tontería. Eso no tendría sentido.
Son tan bonitos los agujeros. Redondos. Son como lunas. Son como bocas. Bocas abiertas en la inmensidad de la tierra. Sedientas de luz y aire. La tierra respira a través de ellas. Y no hay dos agujeros iguales. Todo el tiempo son iguales y todo el tiempo distintos. Cambian. Se transforman ante tu mirada. Es como tocar un instrumento musical. Como tocar el piano. Como componer una sinfonía de huecos. Siempre se aprende algo nuevo. Algo sobre lo que tú eres.
A veces siento ganas de no hacerlos. Los agujeros, digo. Sentarme en una roca y descansar a la sombra de un cocotero como el resto de la gente. Como hacen mis vecinos y los hijos de mis vecinos y los hijos de los hijos de mis vecinos. Pero no puedo; yo no soy como ellos. Qué va. Todo lo contrario. Yo tengo otras inquietudes. Inquietudes artísticas y culturales. Filosóficas, digamos. Yo soy, a mi manera, un rebelde. Me gusta hacer agujeros. Ellos pasan a mi lado cuchicheando y ni siquiera los miro, no tengo tiempo, ocupado como está uno en la búsqueda del agujero ideal, ese que no existe, ese que, si existiese, significaría el final de la vida en general y del arte de hacer agujeros en particular.
Ya sea verano o invierno, todas las mañanas me levanto temprano, desayuno mi trozo de pan con mantequilla rancia, me visto con mi ropa de hacer agujeros y me lanzo a la calle, impaciente por superar mi propia marca. Tengo todo el día por delante. En casa nadie me espera. No tengo mujer ni hijos. Si los tuve o dejé de tenerlos alguna vez, en el pasado, es algo que no recuerdo y a estas alturas carece de importancia. He olvidado sus caras y sus nombres. En mi mente se abre un vacío que tiene forma de espacio en blanco. Sé que una vez me casé. Me casé con mi agujero.
Pero me canso. El mundo del agujero es cansado. Lo digo en serio. Requiere dedicación y paciencia. Mucha paciencia. Tanta, que a veces entran dudas. ¿Estaré haciendo lo correcto? “Ya has hecho suficientes agujeros”, me digo. “Tómate unas vacaciones”, me digo. “Deja que otros, más jóvenes que tú, más inexpertos que tú pero con fórmulas más modernas, renovadoras, con otro estilo, ocupen tu lugar y te releven es esto de taladrar la corteza terrestre”, me digo. Pero es hablar por hablar. Pura cháchara. Blablablá. Lo haría si pudiera. Pero no sé cómo. No sé cómo se consigue dejar de hacer agujeros. Ni siquiera sé si es posible. Ya ni recuerdo qué hacía yo cuando no hacía agujeros. En qué empleaba mi tiempo. Haría otras cosas, supongo, como estar triste o ser joven o hacer cola para algo.
El agujero te invade. El primer agujero es decisivo. Uno lo hace por juego, sin maldad, por ver si puede hacerlo. Y lo hace. El agujero está hecho. Queda bien. Sólido y firme. Es como si la tierra se desperezase poco a poco después de un largo letargo. Y te sonríe. El agujero inventa la primavera. El primer sorprendido eres tú. Una leve dulzura te empapa el alma. Y a partir de ese momento estás perdido. Buena la has hecho. Has despertado a la bestia. El primer agujero exige un segundo agujero, y éste un tercero, y así hasta el infinito, de modo que en una sola vida no hay días suficientes para tantos agujeros como quisieras hacer.
Los agujeros ejercen sobre ti una fascinación extrañísima. Bastante extraña. El agujero toma posesión de ti y te obsesionas. Comienzas a no comer, a no dormir por las noches, y a verlo todo en términos de agujero. Cuando un día, después de mucho tiempo desvelado, por fin cierras los ojos y te quedas dormido, lo primero que haces es soñar con agujeros. Toda la noche. Y a la mañana siguiente te notas raro. Como sensible. Y lo único que te calma es salir corriendo y hacer otro agujero. Para aplacar la ansiedad. Las ideas se te agolpan y tú notas un ruido en la cabeza: eso es pensar. Llegados hasta este punto, ya no tiene solución. Estás preso. Atrapado en tu propia jaula. Esclavo de tu propia destreza. Dominado. El agujero hará contigo lo que se le antoje. Estás a su servicio. Ya no hay remedio. Se sufre, pero también compensa. De tanto hacer agujeros, tienes cara de agujero. Sonrisa de agujero. Pelo de agujero. Piel de agujero. Te has convertido en aquello que adorabas. Las diferencias se borran. El agujero eres tú.

ELOY TIZÓN
Relato extraído del libro Parpadeos (Editorial Anagrama; Barcelona, 2006).

Imagen: uca.es

septiembre 05, 2009

BORIS VIAN

La editorial Demipage ha publicado No me gustaría palmarla (en francés, Je voudrais pas crever), uno de los principales libros de poemas de Boris Vian (Ville-d´Avray, Hauts-de-Seine, 1920 – París, 1959). Novelista, poeta, dramaturgo, cantante, trompetista y compositor, Vian se ha convertido en un clásico. Los poemas han sido traducidos al español por escritores y músicos (Javier Krahe, Andy Chango, Oswaldo Muñoz, Begoña Díez Zearsolo, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Lucas, Elena Muñoz Pimpinela, Luis Antonio de Villena, Juan Gracia Armendáriz, Ana Martín Puigpelat, Fernando Savater, Déborah Vukusic, Rafael Gumucio, Francisco Javier Irazoki, Manuel de la Fuente, Catherine François, Sofía Rhei, Jenaro Talens, Amelia Gamoneda, Carlos Pardo, Andrés Navarro, Eduardo Moga, Jorge Alemán, Andrés Rubio, Damián Tabarovsky y Santiago Auserón) e ilustrados de manera muy sugerente por artistas franceses. David Villanueva, director de Demipage, firma el prólogo. Boris Vian murió a los 39 años durante la proyección de una de sus obras adaptadas al cine.


Un poema:

ME MORIRÉ DE UN CÁNCER DE ESQUELETO

ME MORIRÉ DE UN CÁNCER DE ESQUELETO, SEGURO
SERÁ UNA TARDE HORRENDA
CLARA, TEMPLADA, PERFUMADA, SENSUAL
MORIRÉ DE UNA EXTRAÑA PODREDUMBRE
DE CIERTAS CÉLULAS MUY POCO ESTUDIADAS
DE UNA PIERNA ARRANCADA POR LA RATA GIGANTE
DE UN AGUJERO NEGRO
MORIRÉ DE UN SINFÍN DE PEQUEÑAS CORTADURAS
O PORQUE EL CIELO SE ME HABRÁ CAÍDO ENCIMA
ROTO COMO UN GRAN VIDRIO
MORIRÉ DE UN GRITO DE ALARMA
QUE ME REVENTARÁ EL TÍMPANO
DE HERIDAS SORDAS MORIRÉ, SI NO
INFLIGIDAS A LAS DOS O LAS TRES DE LA MAÑANA
POR ASESINOS CALVOS E INDECISOS
SIN DARME CUENTA MORIRÉ
DE QUE ME MUERO, MORIRÉ
BAJO LOS RESTOS SECOS DEL DERRUMBAMIENTO
DE UNA TORRE DE MIL METROS DE ALGODÓN
O AHOGADO EN UN CAMBIO DE ACEITE DE MOTOR
PISOTEADO POR MONSTRUOS INDIFERENTES
Y DESPUÉS POR OTROS MONSTRUOS DIFERENTES
Y MORIRÉ DESNUDO, O VESTIDO DE PÚRPURA
O COSIDO EN UN SACO CON HOJAS DE AFEITAR
ACASO MUERA DESPREOCUPADAMENTE
PINTÁNDOME LAS UÑAS DE LOS PIES
Y CON LÁGRIMAS A MANOS LLENAS, OH
SÍ, CON LÁGRIMAS A MANOS LLENAS
ME MORIRÉ CUANDO DESPEGUEN
MIS PÁRPADOS BAJO UN SOL FURIOSO
CUANDO A MI OÍDO MURMUREN LENTAMENTE
LAS PEORES MALDADES
ME MORIRÉ DE VER TORTURAR A LOS NIÑOS
Y A HOMBRES LÍVIDOS QUE MIRAN BOQUIABIERTOS
ROÍDO VIVO MORIRÉ, HASTA EL HUESO
POR GUSANOS EN FILA COMO VERSOS
CON LAS MANOS ATADAS BAJO UNA CATARATA
EN UN TRISTE INCENDIO ACABARÉ ABRASADO
ME MORIRÉ UN POCO, QUIZÁ MUCHO
SIN APASIONAMIENTO, PERO CON INTERÉS
Y, FINALMENTE, CUANDO TODO ACABE
ME MORIRÉ

BORIS VIAN
Poema incluido en No me gustaría palmarla (Demipage; Madrid, 2009). Traducción: Santiago Auserón.


Imagen: eltercerhombre.wordpress.com

septiembre 04, 2009

YORGOS SEFERIS

Yorgos Seferis (Esmirna, 1900 – Atenas, 1971), diplomático de carrera que vivió en París y Londres, fue el primer escritor griego que consiguió el Premio Nobel de Literatura. Publicó tres volúmenes de ensayos, siete de diarios y una novela (Seis noches en la Acrópolis). En 1931, con Estrofa, comienza su obra poética.

Un poema en prosa:

NIYINSKI

Apareció mientras contemplaba en mi chimenea los tizones encendidos. Tenía en las manos una caja grande de cerillas rojas. Me la enseñó como los prestidigitadores que sacan un huevo de la nariz del que está sentado a nuestro lado. Sacó una cerilla, prendió fuego a la caja, desapareció detrás de una enorme llamarada y luego se plantó delante de mí. Recuerdo su sonrisa carmesí y sus ojos vidriosos. En la calle un organillo tocaba sin cesar la misma nota. No sé decir qué llevaba. Insistió en que pensara en un ciprés de púrpura. Paulatinamente sus brazos comenzaron a despegarse en cruz de su cuerpo tenso. ¿De dónde habían conseguido reunirse tantos pájaros? Se diría que los tenía escondidos debajo de sus alas. Revoloteaban con torpeza, con frenesí, con vehemencia; chocaban contra las paredes de la reducida habitación, contra los cristales y cubrían aturdidos el suelo. Sentía yo hincharse a mis pies un cálido colchón de plumas y latidos. Le miré con una fiebre extraña que se enseñoreaba de mi cuerpo como un fluido. Cuando terminó de levantar los brazos, cuando sus palmas se tocaron, dio un salto brusco, como si hubiera saltado la cuerda del reloj que tenía delante. Pegó en el techo, que resonó pesadamente con un sonido ce címbalo, alargó su mano derecha, agarró el cable de la lámpara, se balanceó un instante, se soltó y comenzó a dibujar con su cuerpo en medio de la penumbra el número 8. Esta visión me aturdió y me cubrí el rostro con las manos. Me restregaba la oscuridad sobre mis párpados, mientras seguía oyendo el organillo que aún continuaba en la misma nota y que luego paró bruscamente. Un viento súbito, helado, me golpeó. Sentía mis pies yertos. Oí además el tenue y aterciopelado sonido de una flauta e inmediatamente después un largo y ronco crujido. Abrí los ojos. Le vi inmediatamente apoyarse de puntillas en una bola de cristal en el centro de la habitación, sostenía en la boca una extraña flauta verde que manejaba con sus dedos como si fueran siete mil. Revivían entonces los pájaros con un orden extravagante, se elevaban, configuraban un tupido cortejo que se podía abrazar y salían hacia la noche por la ventana que, no sé cómo, estaba abierta. Cuando no quedó ya ni una sola ala, excepto un agobiante olor a caza, decidí mirarlo a la cara. No tenía rostro; sobre su cuerpo de púrpura, casi acéfalo, presentaba su mueca una máscara de oro, de esas que encontraron en las tumbas micénicas, con una barbita puntiaguda que rozaba el cuello. Intenté levantarme. No había hecho el primer movimiento, cuando un cataclismo, como si se hubiera venido abajo un montón de copas en medio de una marcha fúnebre. Su rostro apareció de nuevo, tal como lo había visto al principio, los ojos, la sonrisa y algo en lo que reparaba ahora por primera vez: la piel blanca, tirante por dos moños enteramente negros que le arrancaban por delante de las orejas. Intentó saltar, pero no tenía la agilidad de antes. Creo incluso que tropezó con un libro que por casualidad se había caído y se arrodilló con una rodilla sólo. Ahora podía observarlo con atención. Veía chorrear por los poros de su piel fina gotas de sudor. Me invadió cierto desaliento. Intenté explicarme por qué sus ojos me habían parecido tan extraños. Yo cerré los míos. Intentó levantarse, pero debía de resultarle tremendamente difícil porque parecía luchar por reunir toda su fuerza sin poder conseguir nada. Al contrario, dobló también la otra rodilla. Vi su piel blanca terriblemente pálida, como marfil amarillento y sus cabellos como sin vida. Aunque me hallaba ante una agonía, me daba la sensación de que se encontraba mejor, de que había conseguido dominar algo.
No bien había recobrado yo el aliento cuando le vi tirado en el suelo hundirse en una pagoda verde que hay dibujada en mi alfombra.

YORGOS SEFERIS
Poema incluido en el libro Poesía completa (Alianza; Madrid, 1986).
Traducción: Pedro Bádenas de la Peña.
Imagen: blogspot.com

septiembre 01, 2009

HASIER LARRETXEA AZKEN BALA/LA ÚLTIMA BALA

Azken Bala / La última bala
de Hasier Larretxea
(Editorial Point de lunettes, 2008)

El valor de la palabra
(Palabra de poeta),
por Esteban Gutiérrez Gómez
La poesía
puede obligar
a cambiar
el mundo
Gabriel Celaya

En las últimas entradas del “poemario del mes” les hemos mostrado algunos autores que, más allá de su propuesta lírica, pretenden cambiar el mundo con su palabra. Dos ejemplos recuerdo claramente: Ángel Guinda y su proyecto de amor como motor del cosmos en “Toda la luz del mundo”; y J. Jorge Sánchez que en su “Filosofía de la minucia” propone un nuevo orden educativo para llegar en verdad a la igualdad de sexos demostrando que ha sido la mala educación (y la filosofía que la ha fundamentado a lo largo de la historia) la principal causante del abismo.
En esta misma línea de palabra-poder habría que incluir el poemario de este mes de septiembre: “Azken Bala / La última bala” de Hasier Larretxea.
A todos aquellos que decidimos bebernos el poemario nos ha sorprendido su propuesta. Con versos aparentemente sencillos (lo que cuesta elaborar versos aparentemente sencillos sólo lo saben los autores) dotados de una contundencia extrema, con una voz diferente y valiente, con el sonido a música étnica de sus versos en vascuence, golpea a un lado y a otro (violencia etarra y estado policial) en busca de la libertad que todo ciudadano necesita respirar, de esa libertad a la que todos tenemos teórico derecho y que es tan difícil de lograr en el País Vasco.

A todo ello se añade la posibilidad de leer los poemas originales del autor escritos en vascuence y su traducción al castellano (viceversa en cinco de ellos, elaborados por el autor directamente en castellano, y que nos ofrecen una clave muy importante para descifrar su estilo y facultades de composición poética).

Lo que ustedes se encontrarán al abrir el poemario y comenzar a leer será una voz diferente, valiente (reitero la novedad y la valentía como valores fundamentales de esta obra) que se dirige en un “tú” personalizado a los aberzales (y no me gusta utilizar este término porque “patriotas vascos” no sólo lo son los del entorno de ETA), a futuros etarras (poemas en páginas 30-31, 48-51, 70-71, 88-89) y a asesinos que creen haber cambiado su vida por un ideal (60-63, ¿y ahora qué?, les dice en este poema, ahora que ya no hay vida), muchas veces de modo desafiante (76-77, 84-85)).

Parte su poemario de los hechos ante los que no se puede esconder la cabeza en la tierra como los avestruces (26-27), de hechos que afirman la barbaridad humana (28-29) ante los que propone, desde el inicio, el cambio de mundo, de escenario, para acabar con el terror en el País Vasco.

Uno de los poemas fundamentales del libro nos ofrece el axioma de la verdadera revolución: ser revolucionario, partidario de la liberación, está de moda (56-57), cotiza en bolsa y se vende en las grandes superficies. Frente a esta revolución consumible, todo el libro ofrece una alternativa: la palabra como medio, como instrumento de paz. Frente a la mafia vasca (58-59) y la filosofía de “tierra quemada” (arrasarlo todo para construir sobre las cenizas, 66-67,80-81) su propuesta de paz (72-73), de igualdad en la desnudez (66-67) como metáfora de las personas de bien para no llegar a diferenciarnos con la muerte (78-79), la muerte en vida del que traspasa la línea y se convierte en un asesino, la muerte del inocente vendida en el mercado político.

Hasier denuncia el sándwich de carne vasco, haciendo de rebanadas de pan la violencia etarra y el estado policial. La carne la pone el pueblo vasco (78-79) deseoso de que todo acabe de una vez y pueda respirar en libertad (esta vez, sin metáfora: poder respirar).

Sí, Hasier es conciente del enquistamiento que priva de libertad a los vascos y ofrece la propuesta: la necesidad de crear un escenario diferente en el que sólo valgan las palabras (86-87), porque todo pasará y se olvidará, menos las palabras (98-97).

Esa es su novedosa y valiente propuesta para cambiar la realidad vasca, dirigida esta vez a quienes utilizan las pistolas como único argumentario imponible. No, no es cuestión de balear más, es cuestión de que la palabra vuelva a tener ese valor, de que el mismo pueblo vasco sea el que conquiste su libertad y pueda vivir sin terror, sin miedo a unos y a otros.
Estos versos mínimos, a veces repetitivos, contundentes, utilizan la forma del instrumento punzante con el que están realizados para llevar al lector un mensaje de paz.
Que la última bala, la definitiva, sea la palabra.




Ez dago garailerik ez heroirik.Amore emateko inor ere ez.
Ongietorri aurreskua dantzatzerik ez eska.
Nik ez dut inor hil.
Ez torturatu,
ezta mehatxatu ere.
Nahiz pistolaz,
nahiz atxiloturik,
nahiz gorbatadun,
inor ez dago hondamendiaz,
basatikeriaz,
gizaki izatearen ankerkeriaz libre.


No hay vencedores ni héroes.
Nadie ante quien claudicar
No me pidas que baile un aurresku de bienvenida.
Yo no he matado a nadie.
Tampoco he torturado, ni amenazado.
Aunque con pistola,.
aunque detenido,
aunque con corbata
nadie está a salvo de la catástrofe
De la barbarie.


De la atrocidad de ser humano.

Erre ezazu autobusa.
Erre, kutxazain automatikoa.
Erre, zaborrontzia.
Erre ezazu auzo guztia.
Herria, hiria.
Basoa.

Su horretan zu erre baino lehen.

Quema un autobús.
Quema un cajero.
Quema una papelera.
Quema todo un barrio.
Un pueblo, una ciudad.
Un bosque.

Antes de que también tú te quemes en ese fuego.

AZKEN BALA
Azken aukera baliatu dut.

Hitzak baduelako bala batek haina indar.

Zure txanda da orain.


Nahiz eta ni hil,
poemario honek biziraunen du.
Poemario hau izanen da nire ondorena.
Nire oroitzapena.


Hil nazakezu.
Poesia baina,
ez duzu nehoiz ere erailko.
Suntsituko.

Hitzak denboran iraunen baitu.
Eta Indarkeriak?

LA ÚLTIMA BALA
Aprovecho mi última oportunidad.

Porque la palabra tiene tanta fuerza como una bala.

Ahora es tu turno.

A pesar de que yo muera,
este poemario sobrevivirá.
Este poemario será mi heredero.
Mi recuerdo.

Me puedes matar,
pero nunca asesinarás,
nunca destruirás la poesía.

Porque la palabra permanecerá en el tiempo.

¿Y la violencia?

AZKEN BALA / LA ÚLTIMA BALADe Hasier Larretxea
Traducción: Ángel Erro
(Ed. Point de Lunettes 2008)

Por María Jesús Silva




Hasier Larretxea nos muestra en este poemario bilingüe el deseo de ser todos en uno para luchar y vencer. Unir las palmas de las manos y los corazones, sin que haya de por medio un solo vencedor que se cobre con las balas mil y una vida.

El poemario se divide en cuatro partes:
La primera lo abre un solo poema: ‘Usaré hoy mi última bala’.
La segunda: Ecuaciones de teorías revolucionarias.
La tercera: Jugando a la praxis del tiroteo.
La cuarta: La última bala.
Prácticamente todo el poemario utiliza la voz de la primera persona para desarrollar los poemas. Aparece también la segunda persona del singular y, en menor medida, del plural.

Ejs:
Pág, 71.No uses más esa pistola.
No apuntes.
No derrames más sangre. (...)
Pág, 89.Hemos estado en tantas manifestaciones. (...)
Después de todo esto
sólo nos queda la leve sensación
de haber perdido el tiempo.
Con estas voces crea una duplicidad entre la conciencia y la necesidad de respuestas que aparece en todo el poemario.
Las figuras retóricas que aparecen en el libro son fundamentalmente las de pensamiento descriptivo:
La topografía, aparece de una forma indirecta en todo el poemario. Nos describe calles, ambientes por los que el poeta va recogiendo escenas que transforma en versos.
El retrato, nos describe las cualidades morales y físicas de un individuo.
Ejs:Pág, 57.Me considero un revolucionario.
He iniciado cinco o seis huelgas de hambre.
He quemado muchos cajeros automáticos.(...)
Pág, 75.La apariencia no es más que una imagen
para poner fronteras ante el otro,
para definir claramente dónde está la raya,
para asentar las diferencias.(...)
Pág, 79.No puedo dejar de llorar.
Y si por cada muerto
lloro,
espérame sentado.

Que llegará el diluvio.
Pág, 80.Voy buscando mi conciencia particular.
Ese espíritu de libertad.(...)
La enumeración, existen varios poemas en los que los elementos componen un conjunto.
Ejs
:
Pág, 25.Lo extraño no es perder.

No perder
una pierna,
un familiar,
un amigo,
un amor.(...)
Pág, 55.(...) Así,
no tiene sentido
ni el crepúsculo,
ni el sueño,
ni aprender a andar en bici,
ni tomar chocolate caliente,
ni yacer contigo desnudo,
ni cualquier canción de Jens Lekman.

Ni creer en algo.(...)
Pág, 80.(...) Y no,
no necesito
ni guías,
ni mapas,
ni dogmas,
ni doctrinas.(...)
Pág, 81.
Quema un autobús.
Quema un cajero.
Quema una papelera.
Quema todo un barrio.
un pueblo, una ciudad.(...)
Las figuras de pensamiento lógicas también aparecen en el poemario, como la máxima o sentencia que ofrece una reflexión de carácter filosófico sobre la vida o el mundo, el poeta incluye dentro de esta máxima un epifonema resultado o resumen de las afirmaciones anteriores.


Ejs:
Pág, 25.(...)Lo extraño no es perder.
Y con eso ganar algo.
Sacar provecho.
Con algo.
Con alguien.

No cagarla con todo esto.
Pág, 27.(...)Yo no elegí esto.
No elegí nacer.
Y menos aquí.
Mejor, si no supieras mi secreto.
No sé por qué,
pero me querrías más.
¿Me pagarías veinte euros más
por acostarte conmigo?
¿Eso arreglaría algo?
¿Acabarían todos los conflictos?
Pág, 35.(...)Yo también quiero ser un héroe.
Un héroe, como todo, politizado.
No sé qué pensar, no sé qué decir.
Que me he cansado.
Qué me tenéis cansado con ese discurso(...)
Pág, 46.No hay secretos.
Sólo controles y asesinatos.
Detenciones e impuestos revolucionarios.
No hay secretos.
Y menos en el País Vasco.
Pág, 76.(...)Me importa una puta mierda
lo que digan los dinosaurios del clan.
lo único que me mueve es la controversia.
La antítesis o contraste, enfrentar dos pensamientos opuestos, también la une a la paradoja, pensamientos que parecen irreconocibles.

Ejs:
Pág, 67.Construyamos un pueblo
haciendo explotar tres o cuatro bombas diarias
en cascos históricos.

Construyamos un pueblo
embelleciendo con pintura roja y amarilla
y con escritos amenazantes
las sedes de los partidos políticos.

Construyamos un pueblo,
pero quememos antes
sus cajeros automáticos,
sus autobuses.

Construyamos un pueblo,
aunque para ello
tengamos que destruirlo todo.

Aunque ya no nos quede
sobre qué construir.
Pág, 95.Aprovecho mi última oportunidad.

Porque la palabra tiene tanta fuerza como una bala.

Ahora es tu turno.

A pesar de que yo muera,
este poemario sobrevivirá.
Este poemario será mi heredero.
Mi recuerdo.

Me puedes matar,
pero nunca asesinarás,
nunca destruirás la poesía.

Porque la palabra permanecerá en el tiempo.

¿Y la violencia?
En todo el poemario aparecen también las figuras de pensamiento indirecto como la ironía, que afirma lo contrario de lo que se dice; y el sarcasmo, ironía aplicada de forma crítica al comportamiento, gesto o actitud de las personas.

Ej:
Pág, 87.Pensemos algún eslogan atractivo,
algo novedoso que pueda
servir para la construcción Nacional.

Pensemos algún eslogan encantador,
casi un estribillo bailable,
ya sabes, con la típica música de trikitixa,
uno que podamos pronunciar al unísono.

Pensemos algún eslogan original,
juntemos palabras antes no usadas,
una frase que demuestre que estamos
abiertos a este nuevo siglo.

Pensemos algún eslogan. O más de uno.

Aunque para eso hará falta un motivo.
El poemario está repleto de preguntas retóricas, directas e indirectas. Expresan sentimientos que no esperan respuesta.

Ej:
Pág, 72.Quiero saber por qué aplastas así
la pasta de dientes.
Necesito conocerte de alguna manera.
Saber si eres parte de la organización.
Habrá alguna manera...
Para dar con la solución.
Para despejar la ecuación.
Aparece también la anáfora, repetición de una o más palabras al principio del verso.

Ej:
Pág, 43.
(...)He perdido la confianza.
Perder, he perdido casi todo.
Te he perdido a ti y a mi mitad.
He perdido lo que fui.

Dime,
¿qué me queda?
Los tiempos verbales más empleados son el presente y el imperfecto, combinados con un gran número de adjetivos descriptivos para dotar los poemas de esa actitud sensorial que encontramos en la mayoría de ellos.

Es un poemario que no contiene metáforas. Quizá el deseo que lleva implícito, que la batalla acabe, sea en sí una metáfora que ocuparía la totalidad del libro.

Opinión personal:

Es un poemario valiente, de ideas lúcidas y dando una vuelta más, para ir un paso por delante de los que pretenden acallar, pisar y rematar a los que tienen vida, voz, ideas y sentimientos diferentes a los que unos descerebrados intentan mantener como ideales y establecer como norma.

Hasier Larretxea no esconde nada y lo hace en euskera y en castellano, sus dos lenguas, para llegar a todos, plantando cara a los que quieran pisarle la voz. Hay mucha verdad en este libro, verdad que algunos esconden y otros no quieren ver. Es un libro que llora y revienta ‘cajeros’, ‘coches’ y corazones que siguen destilando sangre en cada calle, en cada paso, en cada ventana cerrada y casa abandonada. La última bala hiere a corta distancia, descerraja una historia que ya no tiene sentido, la que pide razones y exige una paz necesaria para mostrar que nos una a todos y acabe con las balas. Todos deberíamos luchar para unir y que nuestras balas estuvieran hechas de palabras altas, libres, claras y sin miedo.