abril 23, 2010

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ





Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881 - San Juan, Puerto Rico, 1958) figura entre los clásicos indiscutibles de la literatura española. Algunos de sus libros principales: Almas de violeta (1900), Ninfeas (1900), La soledad sonora (1911), Rimas (1903), Jardines lejanos (1904), Elegías (1907), La soledad sonora (1911), Pastorales (1913), Platero y yo (1914), Estío (1916), Diario de un poeta recién casado (1916), Eternidades (1918), Piedra y cielo (1919), Dios deseado y deseante (1948), Animal de fondo (1949), Tercera antología poética (1957). Premio Nobel de Literatura en 1956.

Un poema:

EL OTOÑADO

Estoy completo de naturaleza,
en plena tarde de áurea madurez,
alto viento en lo verde traspasado.
Rico fruto recóndito, contengo
lo grande elemental en mí (la tierra,
el fuego, el agua, el aire), el infinito.

Chorreo luz: doro el lugar oscuro,
trasmino olor: la sombra huele a dios,
emano son: lo amplio es honda música,
filtro sabor: la mole bebe mi alma,
deleito el tacto de la soledad.

Soy tesoro supremo, desasido,
con densa redondez de limpio iris,
del seno de la acción. Y lo soy todo.
Lo todo que es el colmo de la nada,
el todo que se basta y que es servido
de lo que todavía es ambición.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Poema incluido en el libro La estación total con Las canciones de la nueva luz (Tusquets; Barcelona, 1994).
Imagen: regioncallao.gob.pe

2 comentarios :

Voltios dijo...

sin zenobia que hubiese sido de este hombre, ada, un fuerte abrazo y beso, y mil gracias por traer a tu blog y hacer de él algo tan distinto a lo que hacemos los demás con los nuestros.

Anónimo dijo...

¿Y qué hubiera sido de Zenobia? JRJ, ahí donde le ven ustedes, tuvo sus aventuras sexuales con alguna que otra monja, con lo difícil que es eso. No lo sabe mucha gente. Lo que pasa es que en lo poético no introducía el fornicio como intentan hacer hoy en día, a modo de provocación, algunos mozos y mozas que no son poetas. Pero JRJ era un gran follador, además de un gran poeta.
Si no hubiera sido Zenobia la que le quiso y le cuidó su neurastemia, hubiera sido otra, tal vez una monja, como les digo. ¡Ay!