septiembre 01, 2015

agosto 21, 2015

HE LEÍDO

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Rondó para Beverly
John e Yves Berger

Editorial Alfaguara, 2015


Rondó para Beverly, es una elegía en forma de carta, la escribe John Berger junto a su hijo Yves, después de que ella hubiera fallecido en julio de 2013. La carta comienza un mes después de la muerte de Beverly mientras escuchaba un rondó de Beethoven, y ella vuelve, John, siente que vuelve en esa música y los recuerdos y la casi toda vida juntos comienza a escribirse. El rondó es una forma musical que se basa en la repetición y así es como en 50 páginas se muestran una y otra vez estas cartas, pensamientos, retratos, fotografías, cuadros que su hijo ha pintado. La repetición una y otra vez del recuerdo de Beverly, de su fuerza en los últimos días de vida. Este rondó es un símbolo en el que se apoya una y otra vez para superar su ausencia, es la música del duelo de casi cuarenta años juntos, esos recuerdos que sorprenden por pequeños y maravillosos, como cuando recuerda que ella era “un paquete silencioso” en sus viajes porque apenas hablaba, o como él la secaba el pelo después del baño: Nos sosteníamos el uno al otro con todas nuestras fuerzas.
También el hijo de ambos Yves, escribe a la madre, la retrata, la reclama y la encuentra en los días buenos: Mamá, estoy a punto de inaugurar mi primera exposición en Londres. Cuánto te echo de menos. Sé lo contenta que estarías.
Breve y grande este libro. Magnífico. Altamente recomendable.

Un fragmento:
Convertías todo lo que podías en un vehículo del Devenir. Por eso el azul del techo de nuestro dormitorio en la parte superior del granero era tan apropiado. Sus tablas ya estaban pintadas de azul cuando nos trasladamos hace cuarenta años. Azul cielo. Puede que escogieran ese color porque resulta disuasorio para las moscas, y el establo de las vacas estaba inmediatamente debajo de la habitación. Cuando nos despertábamos por las mañanas contemplábamos este azul como si fuera el rostro del día mirándonos de frente. Un espacio que nos invita a entrar.

agosto 01, 2015

HE LEÍDO

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LA PECERA 

JUAN GRACIA ARMENDÁRIZ

Editorial Demipage, 2015

Juan Gracia Armendáriz, nos presenta en esta novela el alcoholismo como ‘personaje’, la destrucción que esta adicción conlleva, los efectos devastadores que viven día a día, la vida sin vida a la que están sometidos los dos personajes centrales de La Pecera. Miguel Quer, profesor de literatura en la universidad, y Ana Ferrer, arquitecta de una firma prestigiosa. Cada uno comenzó a beber por diferentes motivos en su vida, los dos se conocen en una cena y a partir de ahí comienza la convivencia como pareja y la adicción compartida. Juan Gracia Armendáriz ha sabido colarse en el mundo de los alcohólicos como si fuera una cámara que graba pensamientos y estados físicos. Momentos terribles, duros del síndrome de abstinencia, ese ultraje a ellos mismos, ese necesitar más y más bebida y la miseria de conseguirlo a cualquier hora, a cualquier precio, en cualquier momento. Ya no hay amigos, ni compañeros, ni familia, ya no se come, ni se mantiene la higiene, ni las normas, el despertar puede ser terrible hasta que se vuelve a tomar la primera copa del día que llevará a otra y a otra, ya no hay promesas ni verdades ni esperanza, todo es una mentira que crece y una resaca de la que no se puede salir porque no se cura nunca. Todo lo domina la dependencia a la que somete el alcohol.

También la violencia lleva buena carga en el libro, la física y la psicológica, hay abusos y maltrato, hay agresión y auto destrucción. Imágenes de gran dureza, frías, desgarradoras, llenas de rencor, de miedo, el espanto aterrador que provoca intuir, saber, que se ha tocado fondo.

Uno de los aspectos que más me ha gustado de la novela es la tensión opresiva con la que comienza y descubrir que no decae, incluso en algunos momentos aumenta y te corta la respiración. Otro aspecto son los detalles aparentemente mínimos (ejemplo un cuchillo de sushi) que cobran un gran protagonismo. Y el final, ese final a mi parecer magnífico y acertadísimo. 

Altamente recomendable. Os invito a su lectura.
María Jesús Silva

Un fragmento:

“Más tareas del día:
Manosear una y otra vez los cantos rodados del resentimiento, las palabras que tantas veces no dije y debí decir con voz firme, susurrante, dirigidas al decano, al bedel de la universidad, al médico, al delegado de los estudiantes –camiseta del Che Guevara, pendiente, pelo jamaicano, gesto desdeñoso-: (…)”

“-¿Por qué cree que bebe? –la pregunta atravesó la cortina de aire que llegaba desde la ventana abierta.
Me enredé en una confusa explicación en la cual traté de introducir información autentica, o al menos tan cierta que el resultado fuera una media verdad, es decir, una nueva mentira. Hable de la universidad, de mi padre y sus negocios fracasados, de esa desconfianza ante todo lo que me rodeaba. Y esa desconfianza, aclaré, lo incluía a él. Sonrió. La suya era una sonrisa de saltamontes. Dudé; ¿acaso un insecto indostánico comprende? (…)”
  

julio 26, 2015

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La Felicidad de estar perdido

Kepa Murua


Editorial: La isla de siltolá 2015



Empiezo a leer el libro y a medida que avanzo descubro que no hay otro hilo conductor que no sea la Felicidad. Los diferentes sentimientos, sensaciones, estados, nos vuelven una y otra vez a la felicidad. Nada se sale de ella en estos versos.

El libro consta de 38 poemas, uno dedicado a Jürgen (su hijo), otra forma de felicidad, ser padre y dar incondicionalmente desprenderse de lo propio en favor de lo que nunca será reclamado.

Poemas que se pueden leer como si fueran un poema largo en el que se va solapando conceptos, sentimientos, unos complementan a los otros, en unos hay preguntas, en otros respuestas y otros solo pensamientos:


“El pájaro vuela

como una señal del destino” 


Leyendo el libro se exploran los diferentes puntos de felicidad y los diferentes grados. Kepa Murua nos muestra una especie de decálogo de felicidad y las consecuencias:


“Las estrellas del tiempo fugaz”


La felicidad de lo pequeño, de esas pequeñas cosas que hacen de ello lo grande.


Hay un monólogo implícito en estos poemas un fluir desbocado de los pensamientos sobre esa felicidad, sobre el concepto que nos lleva a pensar que somos felices o que lo fuimos:


¿Éramos felices cuando creímos serlo? 


Vivencia y evolución. Vivir de la mejor forma posible el presente que es lo que tenemos y donde nos encontramos.

También nos habla de la existencia de una felicidad a destiempo, esa felicidad de la ausencia, del llanto, de la nada:


“Quizá la ausencia

se libre de esa batalla perdida”  


Se percibe la mística, no en el concepto ortodoxo, sino en su hondura, en esa manifestación se perfila, en ese hablar, en ese fuego que devora los sentimientos más auténticos, mientras se interroga y se reclama a un ser divino, hombre o mujer da igual.

Estos poemas nos hablan también de la renuncia como forma de felicidad, vivir entonces con lo indispensable (también sentimentalmente) y hallar la paz en lo que somos.

Aparece así la idea de felicidad contradictoria, esa felicidad que se obtiene de la infelicidad, como el pensamiento que describe Platón en el mito de la caverna:


“Mientras vemos como corre el mundo

a toda prisa

y nosotros estamos en el mismo sitio” 


1-      La imagen sería: la felicidad

2-      Los diferentes sentimientos y las vivencias/dolor/afecto, por las que vamos avanzando.

La conclusión podría ser que nosotros somos los buscadores de la felicidad y en esa búsqueda nos vamos encontrando y la vamos encontrando o rechazando. Es un camino lleno de hombres, mujeres, objetos que nos hablan o callan, nos enseñan o nos esconden.



María Jesús Silva

Un poema:

La felicidad de encontrar el silencio
en medio del ruido.
La alegría después del lamento.
La calma después del duelo.
La paz en medio de una batalla
perdida de antemano.

La vida no es una guerra
sino un despertar continuo
entre los escombros
que vamos dejando a nuestra vera
y las ruinas que nos abrigan el paso
mientras seguimos atentos
a un camino imaginario.
(...)

Y sin embargo, fuimos felices
porque nos amaron
y amamos como nunca antes
habíamos amado
alguna vez.
(...)

 Kepa Murua