abril 15, 2014

HE LEÍDO





Las baladas del ajo

MoYan


Su construcción es sencilla pero tan cercana que te golpea constantemente durante toda la narración. Dura, agobiante, sucia, asquerosa, violenta, humillante, corrupta, respeto nulo por los derechos mínimos, realista, así es la historia que cuenta Mo Yan, junto al enorme peso de la tradición en la familia y el maltrato y represión de la mujer china.

Las baladas del ajo narra los daños de la economía China en materia agrícola durante los años ochenta. En el condado Paraíso la mayoría de los campesinos cultiva ajo. Se convierte en monocultivo y los agricultores deben pagar tasas por eliminar sus anteriores cosechas y plantar ajo. Esto desemboca en un caos porque el nivel de producción supera las expectativas del gobierno y no hay almacenes con capacidad suficiente para guardar el ajo. Los agricultores no pueden más y afectados y asfixiados desencadenan la revuelta. Los protagonistas Gao Yang y Gao Ma con su historia particular nos llevan por el estado en que se encuentra la China que el autor nos narra.

Hilada con fragmentos de las baladas del cultivo que canta el rapsoda ciego Zhang Kou.

Un jefe de prefectura que extermina clanes,
Un administrador del Condado que aniquila familias.
Ninguna broma delirante sale de las bocas del poder:
Nos dices que plantemos ajo y eso es lo que hacemos,
Así que, ¿qué derecho tienes a no comprarnos nuestra cosecha?

Extracto de una balada de Zhang Kou cantada delante de la casa
Del administrador de la Provincia Zhong después de la saturación.

Creo que Las baladas del ajo es un libro de amor a China y de respeto a sus tradiciones, algunas muy difíciles de entender en el mundo occidental

abril 12, 2014

La noche/1

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

La noche/2

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.

La noche/3

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

La noche/4

Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.

EDUARDO GALEANO
De su libro El libro de los abrazos
Imagen: La noche estrellada de Vincent Van Gogh

abril 09, 2014


 En la selva tropical de América del Sur hay una tribu llamada desana cuyos miembros consideran que en el mundo hay una cantidad fija de energía que fluye entre todas las criaturas. por lo tanto, todo nacimiento debe engendrar una muerte, y toda muerte produce un nuevo nacimiento. Así se conserva completa la energía del mundo.

Cuando los desanas van de caza para conseguir alimentos, saben que los animales que maten dejarán un vacío en el pozo espiritual. Pero creen que ese vacío se llenará con las almas de los cazadores desanas cuando mueran. Si no murieran hombres, no nacerían aves ni peces. Esta idea me gusta. A Morrie también le gusta. Parece que cuanto más se acerca a la despedida, más siente que todos somos criaturas de un mismo bosque. Lo que tomamos debemos reponerlo.
-Es simple justicia-dice.

MITCH ALBOM
De su libro Martes con mi viejo profesor
Basado en el caso real de Morrie Schwartz que murió  de ELA. 

En España se diagnostican 900 casos cada año y se estima que 4000 españoles la padecen.
La asociación Española de ELA es la única organización nacional dedicada exclusivamente a la lucha contra esta enfermedad y a mejorar la calidad de vida de sus afectados. 91 311 35 30
www.adelaweb.com

abril 04, 2014

LA NOCHE DE LOS FEOS

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.


No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

MARIO BENEDETTI

abril 01, 2014

DESCUBRIENDO POETAS

Elegía y postal

No es fácil cambiar de casa,
de costumbres, de amigos,
de lunes, de balcón.
Pequeños ritos que nos fueron
haciendo como somos, nuestra vieja
taberna, cerveza
para dos.
Hay cosas que no arrastra el equipaje:
el cielo que levanta una persiana,
el olor a tabaco de un deseo,
los caminos trillados de nuestro corazón.
No es fácil deshacer las maletas un día
en otra lluvia,
cambiar sin más de luna,
de niebla, de periódico, de voces,
de ascensor.
Y salir a una calle que nunca has presentido,
con otros gorriones que ya
no te preguntan, otros gatos
que no saben tu nombre, otros besos
que no te ven venir.
No, no es fácil cambiar ahora de llaves.

Y mucho menos fácil,
ya sabes,
cambiar de amor.

Ángeles Mora
De "Elegía y postales" 1994



La cólera de un viento

Dormir algunas veces cuesta mucho.
Lo digo por el whisky doble
y por los calcetines que preciso
y por cómo arrancaste mi foto de tu cuarto,
con aquella amargura en los labios crispados.
Desde entonces yo trato de imitarte:
pongo cara de cínica, troceo tu corbata,
y vuelvo indiferente la almohada.
Vano intento. Guardarte en un capítulo.
Como meter el mar en un pobre agujero.
Y aquí sigo en la playa, con mi pala, mi cubo...
tan sola ya, tan roto el uniforme...

Ángeles Mora
De "La guerra de los treinta años" 1989




Yo, feminista. en un concierto

                                                                              A Teresa Gómez

Cuadros para una exposición de Moussorgsky
juegos de cartas de Stravinsky
(intermedio de las mil y una noches de Strauss)
que hoy puedo ya oír la música en vaqueros
dice mi amiga -digo- que a fin de todo y cuentas
las mujeres no existen

                                         sino

como apresuradamente sucias o amorales
-pero tan temblorosas por el frío- .
                                                            (Aunque, niño, por verte
la punta del pie
                             si tú me dejaras
veríamos a ver...)
Salvo que allí soñada y en la fila
de al lado, con Moussorgsky
trucándole las cartas a Stravinsky,
cómo decir a voces que te quiero:
si nadie habla en voz alta
en un concierto.

Ángeles Mora 
De "La guerra de los treinta años" 1989


marzo 29, 2014

Lo que se nombra
adquiere fuerza,
lo que no se nombra
deja de existir.

Czeslaw Milosz
Imagen: René Magritte

marzo 27, 2014


Soy un paranóico al revés.
Siempre sospecho que la gente está planeando algo para hacerme feliz.
J.D. Salinger

marzo 24, 2014






He amanecido sin brazos. Me los arranqué a las 4:28 de la madrugada. Me empezaron a molestar a la 1:26, primero fue el izquierdo, se me había dormido y me dolía tanto que apenas notaba las puntas de los dedos. El derecho empezó a doler a las 3:42, y era como un mortero golpeando y arrastrando las hebras en las que se iban convirtiendo los músculos. La verdad es que he sentido un gran alivio cuando de un tirón han salido de cuajo salpicando de sangre la colcha, la mesita, la pared, el espejo, todo lo que me rodeaba. Casi al instante me he quedado dormida profundamente, he descansado bien y cuando ha sonado el despertador estaba despejada para empezar una nueva jornada. He dejado los brazos tirados a los pies de la cama, estaban de un color azul casi negro y las manos se habían hinchado y amorcillado. Da igual, no pienso volver a usarlos. 

MARÍA JESÚS SILVA  

marzo 21, 2014


EL ARTE DE LEER

            (Que cada uno encuentre el libro adecuado).

Pueden hacerse piedras las palabras

y dejarnos pasar al otro lado,
atravesar el río,
llegar a la otra orilla
-que es lo que importa-
cuando leemos.

Son piedras las palabras,
atraviesan el río
de una parte a la otra,
y nos sirven de apoyo
para que cada uno
llegue hasta la otra orilla
-que es lo que importa-

cuando leemos.

Los ríos tienen
orillas diferentes,
como los libros,
y tú debes buscar
tu propia orilla:

esa con que interpretas,
que no será la mía
ni la tuya si vuelves a leer

saltando nuevas piedras.

MARISOL HUERTA

marzo 20, 2014

HOY




Presentación del nuevo libro de Esteban Gutiérrez, el poemario ARDIMIENTO