febrero 27, 2010

EL MANUELA

En 1979 se funda el Café Manuela por Juan Mantrana y José María Tessio. Me lo cuenta Jesús Guerrero mientras me pone una copa de ribera y me dice: te va a gustar. Nuestra conversación empieza de casualidad, como comienzan últimamente muchas historias de mi vida. Me llama la atención una placa dorada con un retrato grabado en negro pegado a la pared, está situado según se entra a la derecha, al lado de la barra. Se queda mirándolo unos segundos y me responde que es José Ortas, un pintor bohemio y ácrata que frecuentaba casi todas las noches El Manuela y se sentaba en esa parte de la barra. Pepe Ortas, como le llamaban los que le conocieron, era de Manacor, vivió exiliado en París, donde estudió Bellas Artes. Se relacionó con Picasso, pero él era un bohemio, no buscaba dinero ni pertenecer a ningún grupo. Era un anárquico practicante. Quería crear, vivir para el arte, respirar del arte, todo lo demás no le interesaba, no le concedía valor. De alguna forma logró vivir así, en toda su vida no paró de inventar. Fue uno de los creadores, junto a otros, de los carteles representativos del Mayo del 68. Formó el grupo de guiñol de los Campos Elíseos de París junto a José Luis González, amistad que perduró toda la vida. Su obra es mucho más conocida en París que en España, allí sus cuadros están expuestos. Pepe murió una madrugada en su casa, solo, como siempre vivió, aunque nadie le ha olvidado y muchas tardes en El Manuela, durante las tertulias, se sigue hablando de él y de sus manos que con un simple lapicero y en una servilleta creaban trazos de un mundo que todos admiramos.

Jesús me va contando de otros tantos que frecuentaron esta casa. Echa la vista atrás y se para en un rincón donde recitaba poesía Carmen Martín Gaite, junto a Chicho Sánchez Ferlosio y Paco Cupián entre otros. Me señala el piano, ahora con cajas de juegos por encima, que una larga e inolvidable tarde tocó Georges Moustaki, y junto al que cantó Pablo Milanés algún tiempo después.


José Luis López-Aranguren, Agustín García Calvo, Chicho Sánchez Ferlosio, Paco Cupián, Octavio Colis y Pepe Ortas, que hoy (ayer) ha traído un portafolio con los carteles, pasquines al linóleo, de su Mayo del 68. Todos los que una vez estuvieron andan por aquí.

Jesús regenta el café que sigue fiel a su decoración ‘antigua’, con un toque de misteriosa atemporalidad, hecho de palabras y tertulias, conspiraciones políticas y conjuras literarias, un café de artistas, bohemios y buscavidas.

Me cuenta Jesús que se inauguró con un poco de miedo. La gente de la época quería seguir las nuevas tendencias que marcaba la moda, los diseños de vanguardia, los punks... y en toda esa movida se intentaba abrir un hueco El Manuela, con música de jazz y veladores de mármol. Pero poco a poco El Manuela fue recibiendo a esos locos de las letras, variopintos y bohemios que formaron tertulias y corrillos llenos de inquietudes y con ideas de izquierdas. La voz se hizo fuerte y adquirió eco y el café ha servido de modelo para otros locales de Malasaña, de Huertas, de Lavapiés.


“Cómo agradecer al Manuela que naciera aquellos años bajo la regencia de Mantrana, cuando, entre otras locuras, andaban allí de tertulia Heraclito y Kant y Freud. ¿Quién debería agradecérselo? Pues uno cualquiera, por ejemplo yo, Agustín García Calvo”.


“En esta barra estaba Jesús cuando llegué hace un montón de años. La Manuela se convirtió en mi centro y su barra en el centro de mis centros, me acogió con ese punto de calor. En esa barra nos íbamos encontrando algunos seres bastantes perdidos, amigos nuevos que llenaban los huecos. Y tuvo esa barra su milagro la tarde que se sentó en la banqueta de al lado Javier Barquín, o sea, El Hombre que Mató a Leopoldo María Panero. Entre esas gentes, quien más imponía la claridad era Paco Almazán, él le llamaba buscar la “gracia”, era un trasunto en la vida del duende del flamenco, de lo que tanto sabía.” Nano Lassaletta.


“El café sigue siendo punto y foro de encuentro aunque haya enmudecido el piano. Por el escenario del Manuela pasaron músicos de jazz veteranos, como Vlady Bass. Políticos que acudían a las tertulias conducidas por Agustín García Calvo, como Enrique Curiel o Joaquín Leguina. Fuera del tiempo el Manuela sigue siendo refugio de noctámbulos, por sus mesas circulan poemas de poetas insomnes, pintores y dibujantes”. Esto es un fragmento del texto publicado íntegramente por Moncho Alpuente en El País el 22-8-92.


“Conocí El Manuela hace más de veinte años, me llamó la atención que a un nombre de mujer se le pusiera, al menos esa fue mi impresión, el artículo masculino. Es fácil encontrar personas ligadas a nuestra ciudad, a la movida madrileña, en “El Manuela” perviven los ideales de aquellos años sesenta que el tiempo, la acomodación y el huracán del dinero han pulverizado. “El Manuela” huele a hogar, uno se encuentra en casa, arropado, con sabor a barrio. Yo invitaría a todo el mundo a que vaya y se sumerja en la atmósfera “manuelina”. No hará falta que se lo cuente, lo vivirá”. Javier Sádaba.


“La Manuela, en las frías noches de invierno, durante el tórrido verano, en días de lluvia o de tempestades internas, está siempre dispuesta a acoger a quien solicite sus servicios. En casos de urgencia, fuera de horario legal y al grito de ¡santuario...santuario!, a veces, es también capaz de ofrecerse como refugio y asilo contra la injusticia humana, aun a riesgo de ser maltratada por los esbirros de la autoridad municipal, no olvidar manzanos y matanzos.” Antonio González-Vigil.


Podría extenderme muchísimo más por las opiniones y los nombres de quienes habitaron y habitan esta casa y lo corroboran con sus firmas: Enrique Valle, Marta López Villar, Álvaro Tato, Julio Reija, Rafael R. Acosta, Francisco Cumpián, Gonzalo Escarpa, Jesús Urceloy, Isabel Escudero, Juan Madrid, que mientras estoy escribiendo conversa enfrente de mí con unos amigos y ya he tenido el placer de intercambiar unas palabras con él. Todos ellos amigos y contertulios de este lugar en el que se respira paz, cultura en las diferentes artes, agradecimiento sólo por entrar y pasar un rato, sonrisas que te regalan, palabras que resuenan como un eco al quedar colgadas de un tiempo que permanece entre esas paredes y se refleja en los espejos mientras suenan unas notas de piano.


“Por Manuela

por esos trozos de espacio

que muerden jirones al tiempo

que extienden sobre sus espejos

la materia de la voz y sus ecos (...)

alzo mi copa

se llena hasta el borde de esa luz

y bebo.”

4 comentarios :

Voltios dijo...

lo conozco, lo conozco, la manuela y es un sitio encantador, juegos de mesa, aires parisinos, el piano, las expo en sus paredes, muy chulo.

La mirada del mono dorado dijo...

Yo no lo conozco, pero no me importaría tomarme un café contigo.

:) Muy bonita entrada, ¿sabes? me he imaginado ese servilleta pintada.jeje.

Si vuelvo, a Madrid te ha seguro que busco este lugar que parece encantado por tu palabras.

muak.

trovador errante dijo...

Levanto mi rubia, solo en la barra, y brindo a la salud de los que estan y de los que no estan.

Un beso,
kike

PACHA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.