agosto 10, 2009

JOSÉ RAMÓN RIPOLL


José Ramón Ripoll (Cádiz, 1952), poeta y músico, ha publicado los poemarios La tarde en sus oficios (1978), La Tauromaquia (1980), Sermón de la barbarie (1981), El humo de los barcos (1984), Las sílabas ocultas (1991), Niebla y confín (2000), Hoy es niebla (2002). Es asimismo autor de volúmenes sobre música y literatura (El mundo pianístico de Chopin; Beethoven según Liszt; Vistas al mar: apuntes sobre los compositores catalanes del 27, etc.). Director de RevistAtlántica de poesía, fundada en 1991.

Un poema:

EL DESIERTO


Nace del mar la esfera de la noche vacía
y en la nada granate se confunden
el alma con el lobo.
Entonan las estrellas sus cánticos desnudos:
es entonces la vida la conciencia del viento.
Todo es memoria blanca, sin tiempo,
sin recuerdos, sin palabras ni piedras.
Aquí el fuego es papel sobre el marfil del agua
y en sus ascuas mojadas se deshace el destino.
Tempestades de arena hacia los signos yertos
en el olvido amargo de un idioma celeste,
arrastrad los espejos que hieren al silencio
y entre los laberintos del mercurio y el miedo
contemplad la hermosura de ser estatua y aire.

JOSÉ RAMÓN RIPOLL
Poema incluido en Hoy es niebla (Visor; Madrid, 2002).
Imagen: march.es

2 comentarios :

José Ramón Ripoll dijo...

Gracias por la publicación de ese poema. Lo escribí hace ya 25 años - aunque ha sido corregido después-, tras una visita al Sahara. Nunca pude oir al silencio como entonces, ni contemplar la redondez del firmamento lleno de estrellas como desde esa tierra. José Ramón Ripoll

Ada dijo...

José Ramón Ripoll, gracias a usted por escribir algo tan bello y transmitir tan bien ese lugar y lo que sólo allí puede sentirse.
"Todo es memoria blanca, sin tiempo,
sin recuerdos, sin palabras ni piedras."
Estos versos, para mí, son la esencia de lo que allí se interioriza, eso que perdura más allá del tiempo.
No tengo el placer de conocer el Sahara, pero años atrás viajé a Jordania y visité el desierto de Wadi Rum, uno de los más bellos de la tierra, dicen, asentamiento de los Nabateos y lugar del que Laurence de Arábia se enamoró. Allí pude comprobar lo que usted describe en el poema y contemplar un cielo de estrellas fugaces que no he vuelto a ver.
Saludos.