junio 01, 2010

MEMORIA DE LA NIEVE, JULIO LLAMAZARES








Memoria de la nieve
Julio Llamazares

Edición conjunta con La lentitud de los bueyesHiperión,1985

Posos del pasado
por Esteban Gutiérrez Gómez

Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora.
Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve.

Estos dos versos, que pertenecen al primer poema de La lentitud de los bueyes, su primer libro de poesía contienen, según Julio Llamazares, todo lo que tenía que escribir. A partir de estos versos, la escritura para Julio Llamazares es una redundancia.
La melancolía que emanada de su poesía y de su prosa, puede decirse que, en verdad, se contiene en ese par de versos.

La lentitud de los bueyes, su primer poemario, lo escribió en Gijón durante la primavera de 1978. Tres años después, en otoño de 1981, escribe en Madrid Memoria de la nieve (Premio Jorge Guillén, 1982), cuando conoció por primera vez todos los lenguajes en que puede expresarse la soledad (también son palabras del autor). Este poemario no es otra cosa que recuerdo y soledad.

30 poemas escritos en prosa, llenos de metáforas que llaman a los recuerdos, a los antepasados, a la muerte, a todos los inviernos.
30 flechas de desencanto, 30 jícaras de hiel, 30 juegos de luces y sombras.
Luces y sombras enfrentadas en cada uno de los poemas: fuego y nieve, amor y muerte, gritos y silencio, ayer y hoy, vida y memoria, amistad y soledad.
Blanco, amarillo, gris, negro, rojo. Colores con los que Julio Llamazares pinta cada uno de los poemas. Blanco nieve, lo que queda, la memoria en el corazón. Amarillo amenaza, fuego, advertencia, muerte. Gris niebla. Negro lluvia. Rojo vida, fruta de bosque, vino, pasión.
Etapas como estaciones: veranos que son vida, otoños que son señales de abandono, inviernos que son sentimiento de extranjero: pura nostalgia.

Análisis personal:

La nieve no tiene memoria, se deshace un instante después de su caída. Sólo cuando se acumula, nieve sobre nieve, permanece. Igual ocurre con el tiempo: cuando pasan los años, cuantos más años pasan, mayor es el peso de los recuerdos (1). Si no existiese la memoria, se perdería todo (2) y no valen recuerdos que no se elaboren lentamente. La infancia es el pasado (3) y las canas el presente, entre estas dos imágenes distantes lo único que no cambia es el paisaje, la naturaleza intangible del invierno cubierto por la nieve.
La nieve en el recuerdo desde su habitación en Madrid, la nieve de su aldea, de su entorno en León. La nieve muerte, la nieve silencio, la nieve patria. La nieve que marca su huída, la que quiere dejar atrás, pero no logra desprenderse de ella ni en la ciudad. Ni de ella, ni de su soledad. Ni de los recuerdos (sí, aquel tiempo que llamábamos juventud)(7), aquella añoranza por los cuentos protagonizados por proscritos en los filandones (8), aquellos tristes otoños del abandono del emigrante en busca de la ciudad del saber(9).
Y otra vez la añoranza del bosque, el sonido telúrico de su tambores, el manto de nieve que los oculta. Otra vez la expatriación si mi hogar es el bosque y todo lo tengo allí(10). Y de nuevo los recuerdos, el peso de los antepasados que eran dioses en sí mismos (11), la sabiduría de los ancianos en torno al fuego (12), de los primeros bardos llegados del norte (13) que asentaban la memoria de la historia de su pueblo a fuerza de dejar caer palabras y palabras en los oídos de los niños.
Si la nieve se deshace, si dejamos que desaparezca, desaparecerá con ella la memoria y el corazón quedará desamparado (14), como los árboles en otoño, cuando son acariciados por la muerte (17).
Pero no todos los recuerdos son felices (19) y el tiempo a veces convierte hogares en ruinas abandonadas (20) a los que es imposible regresar (21).
La nieve indestructible, el paso del tiempo, la nieve memoria que cubre el corazón (22), la nieve que entierra a los antepasados (24) y sus recuerdos, que trae el olvido (25, 29) y la muerte (26).
Para evitarlo, la memoria, gran mentirosa que hace idílicos todos los paisajes y todos los recuerdos. Sólo así nos comprendemos: nos engañamos (28).
El tiempo pasa, el bosque queda, el corazón helado, la memoria de los bardos y el manto blanco de la soledad(30).

Un preciso poemario, en resumen, en el que Julio Llamazares vuelca los posos del pasado para sentirse vivo en soledad.

1. Mi memoria es la memoria de la nieve...

Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco
como un campo de urces.

En labios amarillos la negación florece. Pero existe un nogal
donde habita el invierno.

Un lejano nogal, doblado sobre el agua, a donde acuden a morir
los guerreros más viejos.

En un mismo exterior se deshacen los días y la desolación corroe
los signos del suicidio:

globos entre las ramas del silencio y un animal sin nombre
que se espesa en mi rostro.

*******
21. Inútil es volver a los lugares olvidados y perdidos...

Inútil es volver a los lugares olvidados y perdidos, a los paisajes
y símbolos sin dueño.

No hay allí ya liturgias milenarias. Ni aceite fermentado en ánforas de barro.

Los ancianos han muerto. Los animales vagan bajo la lluvia negra.

No hay allí sino la lenta elipsis del río de los muertos,
la mansedumbre helada del muérdago cortado, de los paisajes abrasados
por el tiempo.

* * * * *
30. ¿Qué espero aún de la espiral del tiempo...

¿Qué espero aún de la espiral del tiempo, de esos cuernos epílogos
que suenan en los bosques?

¿Quién atardece junto a mi corazón helado?

Por el paisaje gris de mi memoria, cruzan arrieros sin retorno, pastores y alfareros
olvidados, bardos ahogados en el miedo lacustre de sus propias leyendas.

Solo estoy, en esta noche última, coronado de cierzo y flores muertas.

Solo estoy, en esta noche última, como un toro de nieve que brama a las estrellas.









MEMORIA DE LA NIEVE
JULIO LLAMAZARES
(HIPERIÓN, 1985)

Por María Jesús Silva
Memoria de la nieve es el legado de una forma de vida, de una tradición, de unas condiciones. Todo este conjunto provoca una emoción y un sentimiento que se instala para siempre en el corazón del poeta. Esa es la esencia en la que se forja el día a día.
Todo queda unido por el amarillo que es el color de sus días, del silencio y la nieve, que envuelve su alma, que simboliza lo eterno en su vida y lo acompaña el resto del tiempo.
La memoria permanece más allá del presente, es la que sujeta el incierto futuro, nada queda fuera de ella y ella es la que marca el siguiente paso.

“Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está
blanco como un campo de urces.
En labios amarillos la negación florece (…)”

Algunas de las figuras retóricas que encontramos en el poemario:

La topografía, descripción de un lugar, aparece en casi todos los poemas, a veces de una forma indirecta, pero es la figura que conduce los versos.
Ej: poema 9

De nuevo llega el mes de las avellanas y el silencio.
Otra vez se alargan las sombras de las torres, la plenitud
Azul del huerto familiar.
Y en la noche se escucha el grito desolado de las frutas
Silvestres. (…)

El retrato, descripción tanto moral como física de la persona.
Ej: poema 5

Hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, entre
zarzas quemadas y pájaros de nieve.
Hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, como
un viajero gris perdido entre la niebla.
Una verdad cifrada dejé atrás: el humo denso y obsequioso
de los brezos y la alegría de mis padres en el
anochecer.
En el camino del norte, sin embargo, sólo mendigos locos
me acompañan.
Duermo bajo sus capas en las noches de invierno.
Les digo este relato para ahuyentar el miedo.

Epifonema, reflexión final resultado de afirmaciones anteriores
Ej: poema 12

(…) Sólo por no olvidar el viejo río de los muertos.
Sólo por no olvidar su cuajada esperanza.
Sólo por no olvidar las lánguidas riberas del país de
las abejas.
Sólo por no olvidar, cien años hace ya que no nos mira.

Máxima o sentencia, reflexión final sobre la vida o el mundo.
Ej: poema 11

En algún tiempo hubo dioses que dirigían entre la niebla
las flechas de los jóvenes guerreros y derramaban
sustancias astrales sobre los labios de los moribundos. (…)
En algún tiempo hubo un dios por cada hombre sobre
la tierra.

El apóstrofe o invocación nos permite dirigir la palabra a personas o cosas ausentes.
Ej: poema 12

Todo lo aprendí de quien nunca fue amado: la nieve y
el silencio y el grito de los bosques cuando muere el
verano. (…)
Pero ahora ya la nieve sustenta mi memoria. Y el silencio
se espesa tras los bosques doloridos y profundos
del invierno.
Por eso puedo navegar sin velas. Por eso puedo remar
sin remos. (…)

Símil, compara un hecho real con otro imaginario de cualidades análogas.
Ej: poema 15
Rojo es el vino sobre los brezos, derramado en la tarde
por arrieros sin nombre.
(Sus sombreros de fieltro entre los abedules.)
Rojo es el silencio de los bardos errantes y el color de
las túnicas de los viejos guerreros. (…)
También tu cuerpo es rojo –como vino o deseo- cuando,
sobre los brezos, te derramas y extiendes y gritas
dulcemente.

La pregunta retórica, expresa sentimientos con interrogaciones o constituye interrogaciones que, simplemente, no esperan respuesta.
Ej: poema 30

¿Qué espero aún de la espiral del tiempo, de esos cuerpos
epílogos que suenan en los bosques?
¿Quién atardece junto a mi corazón helado? (…)

La anáfora aparece en muchos de los poemas, esa repetición ralentiza la narración que pretende detener el tiempo y que refuerza el recuerdo.

El pretérito imperfecto es la forma verbal más utilizada, adecuada para las abundantes descripciones que contienen todos los poemas.
La adjetivación es importante, utiliza sobre todo los calificativos y los descriptivos, la usa de una forma moderada, no hay abuso, sino una precisión en los adjetivos utilizados, no hay ninguno puesto al azar, son exactos. Hay algún ejemplo de adjetivo antepuesto produciendo un efecto evocador y afectivo.


Opinión Personal:

Es un poemario que lleva a cuestas la cadencia de los días. Cargado de imágenes metafóricas unidas a un tiempo y a un espacio que el autor refleja en lo eterno: la nieve y el paso del tiempo. Ambas cosas se descomponen: la nieve en agua que se filtra, el tiempo en memoria que nos habita. Esto no permite quedarnos atrás, sólo esa memoria guarda el conjunto de vida, como pequeños copos que se van posando. El olvido aparece como un efecto destructor que desemboca en la tristeza amarilla, en el sosiego de la añoranza, en ese símbolo del viaje de la vida, unido a la desaparición de las gentes y las cosas que ya no pueden acompañarnos. Existe una relación metafórica entre el pasado y el amarillo que conduce al otoño, al final, a la muerte.
Este poemario me transmite sobre todo soledad, una angustiosa y aceptada soledad. Enfrentada a lo que se ha ido y a la espera de la nada. Soledad marcada desde los potentes recuerdos que aferran los días de infancia y a los que se agarra para caminar por un presente solitario con la fuerza que sólo guarda su memoria.

“Solo estoy, en esta noche última, coronado de cierzo
y flores muertas.
Solo estoy, en esta noche última, como un toro de nieve
que brama a las estrellas.”

3 comentarios :

José Luis dijo...

Aún recuerdo cuando compré el libro, nada más salir editado, en aquellos años de nostalgia. Un excelente libro y un excelente autor.
Enhorabuena por el blog!
Un saludo:

Luisa dijo...

Qué decir de Julio Llamazares. Uno de mis autores preferidos tanto en narrativa como en poesía.

Buenísima disección, Ada. Para mí es como recalar en una playa familiar y acogedora donde sabes lo que te espera. Me ha encantado.

Besos.

Tesa dijo...

Maravillosa poesía la de Julio Llmazares, con esa melancolía y esa constancia de la memoria y esa soledad que que representa tan bien la nieve impoluta.

No puedo elegir entre los dos análisis del poemario, me parecen los dos muy buenos y muy rigurosos, además de escritos con mucha belleza.

Mi gratitud y admiración para ti, Ada, y para Baco.

Muchos besos,