octubre 13, 2009

FRANZ KAFKA


Franz Kafka (Praga, 1883 – Kierling, Austria, 1924) redactó en alemán su obra literaria. Con sólo tres novelas (El proceso, El castillo y América), una novela corta (La metamorfosis) y varios relatos logró ser uno de los más originales e influyentes escritores.

Un relato:

PRIMER MAL

Un artista del trapecio –notoriamente, es este arte entrenado, alto, en la cúpula de los grandes escenarios de varietés, uno de los más difíciles de entre todos los alcanzables por el hombre- había ordenado de tal manera su vida, al principio sólo por la búsqueda de la perfección, más tarde por una costumbre que se había hecho tiránica, que permanecía noche y día en el trapecio tanto tiempo como trabajaba en la misma empresa. Todas sus, por cierto muy reducidas, necesidades eran correspondidas por sirvientes que se relevaban unos a otros y que vigilaban abajo; y todo lo que era necesitado arriba, era subido y bajado en recipientes de propia construcción. Dificultades especiales para el mundo que le rodeaba no se producían por esta forma de vida; sólo durante los correspondientes números del programa molestaba un poco que él, pues no podía ocultarse, hubiera quedado arriba y que, a pesar de que en este tiempo se mantenía casi siempre tranquilo, se desviara aquí y allá alguna mirada del público hacia él.
Mas la dirección le perdonaba esto, porque era un artista extraordinario e insustituible. También se reconocía naturalmente que él no vivía así por propia voluntad, y que en realidad sólo manteniéndose en este ejercicio constante podía conservar su arte en toda su perfección.
Pero estar arriba también era sano, y cuando en la época más calurosa del año se abrían todas las ventanas alrededor de la bóveda, y junto con el aire fresco entraba majestuosamente el sol en el recinto en el que iba cayendo el crepúsculo, era incluso bello. Ciertamente, su trato humano se había reducido; sólo a veces trepaba por la escalera de cuerda algún colega de gimnasia; entonces se sentaban ambos sobre el trapecio, se apoyaban a izquierda y derecha sobre las cuerdas de sujeción y charlaban; o algunos obreros mejoraban el tejado y cambiaban algunas palabras con él a través de una ventana abierta; o el mecánico revisaba el alumbrado de urgencia en la galería más alta y le gritaba algo respetuoso, aunque poco comprensible. Si no, todo a su alrededor permanecía tranquilo; sólo de vez en cuando miraba pensativamente un empleado, que aproximadamente hacia el mediodía se extraviaba en el teatro vacío, hacia la altura que casi desaparecía de la vista, donde el artista del trapecio, sin poder saber que alguien le observaba, ejecutaba sus artes o descansaba.
Así podría haber vivido el artista del trapecio sin ser molestado, si no hubiera habido los inevitables viajes a los distintos lugares, que le resultaban extraordinariamente molestos. Si bien el empresario se preocupaba de que el trapecista quedara protegido de cualquier innecesaria prolongación de sus males: para los viajes a las ciudades se utilizaban coches de carreras, con los que, a ser posible durante la noche o en las primeras horas de la mañana, se atravesaban las calles desiertas a toda velocidad, pero ciertamente demasiado despacio para el afán del trapecista; en el tren se reservaba un vagón entero, en el cual el trapecista, si bien en una lastimosa sustitución, pero sustitución al fin y al cabo, hacía el viaje arriba, en las redes del equipaje, según su habitual forma de vida; en la siguiente localidad donde iba a haber representaciones, mucho antes de la llegada del trapecista, ya estaba en el teatro el trapecio, en su lugar, también estaban bien abiertas todas las puertas que conducían al escenario del teatro, todos los pasillos se mantenían libres; pero eran los momentos más bonitos de la vida del empresario, cuando el trapecista ponía el pie en la escalera de cuerda y en un instante, por fin, colgaba de nuevo su trapecio, arriba.
A pesar de todos los viajes que ya le habían salido bien al empresario, cada nuevo viaje le era penoso, puesto que los viajes eran en todo caso, prescindiendo de todo lo demás, fatales para los nervios del trapecista.
Así viajaron de nuevo juntos, el trapecista tumbado en la red del equipaje, soñando; el empresario se recostaba en la esquina de la ventana que había enfrente y leía un libro; entonces el trapecista le habló suavemente. El empresario estuvo inmediatamente a su disposición. El trapecista dijo, mordiéndose los labios, que ahora tenía que tener para su gimnasia, en vez del trapecio que tenía hasta ahora, siempre dos trapecios; dos trapecios, uno frente a otro. El empresario estuvo inmediatamente de acuerdo. Pero el trapecista, como si quisiera demostrar que aquí la opinión del empresario carecía de importancia, como ocurriría con una negativa, dijo que nunca más y bajo ninguna circunstancia actuaría en un solo trapecio. Ante la idea de que en verdad pudiera ocurrir alguna vez, parecía estremecerse. El empresario expresó, dudando y observando, otra vez su total acuerdo; dos trapecios son mejor que uno, además este nuevo arreglo es beneficioso, hace la producción más variada. Entonces y de repente empezó a llorar el trapecista. Profundamente asustado se levantó el empresario y preguntó lo sucedido, y al no recibir respuesta, subió al banco, le acarició y juntó su cara con la del trapecista, de tal manera que también él fue bañado por las lágrimas de éste. Pero no fue sino tras muchas preguntas y adulaciones que dijo el trapecista: “¡Sólo con esa única barra en las manos, ¿cómo puedo vivir?!”. Entonces le fue ya más fácil al empresario consolar al trapecista; prometió telegrafiar inmediatamente desde la próxima estación al próximo lugar de actuación para solucionar lo del segundo trapecio; se hacía reproches por haber dejado trabajar tanto tiempo al trapecista en un solo trapecio, y le daba las gracias y le elogiaba mucho por haberle hecho ver al fin su falta. Así consiguió el empresario tranquilizar lentamente al trapecista y pudo regresar de nuevo a su esquina. Pero él mismo no se había tranquilizado; con gran preocupación observaba furtivamente por encima del libro al trapecista.
Una vez que le habían empezado a atormentar semejantes pensamientos, ¿podrían desaparecer ya nunca por completo? ¿No irían siempre aumentando? ¿No eran peligrosos para la existencia? Y de verdad creía ver el empresario cómo, en el aparente tranquilo sueño en el que había terminado el llanto, se empezaban a marcar las primeras arrugas en la lisa e infantil frente del trapecista.

FRANZ KAFKA
Relato incluido en el libro Meditaciones (Ediciones Busma; Madrid, 1983).
Traducción: José María Santo Tomás Colmenarejo.
Imagen:espaidellibres.blogspot.com

2 comentarios :

BACO dijo...

sIEMPRE kAFKA
BEXOS

Anónimo dijo...

Kafka es único,sin duda la Traducción de José Rafael Hernández Arias es mucho mejor, no por "reciente" sino porque se acerca más al original